Que otros brinquen por el camino de la gloria y el provecho, de paga me contento con un poco de rocío y de lluvia. Ho Xua Houng, poeta vietnamita

sábado, noviembre 21, 2015

Los vínculos entre la CNI y la TV de los '80



Álvaro Corbalán, el dueño de la noche (CEIBO Ediciones. 106 pág.). Investigación periodística de Daniel Campusano, Macarena Chinni, Constanza González y Felipe Robledo, sobre los vínculos del jefe operativo de la CNI, Álvaro Corbalán Castilla y el mundo del espectáculo durante los años 70 y 80. En general, el libro se sustenta en testimonios de cantantes, músicos y animadores que trabajaron permanentemente en televisión y que conocieron a Corbalán. Los testimonios son más bien anecdóticos que críticos, aunque todos coinciden en el poder que tenía dentro del ambiente por su condición de militar. Sin embargo, todos niegan haber sido su amigo y haber estado enterados de su condición de asesino y torturador operativo de la CNI. Incluso lo que más destacan quienes lo conocieron, además de su aspecto marcial, es que era simpático, galante, gentil y otras liviandades que suenan a evasión y excusas por haber convivido con él. En el volumen abundan comentarios de este tipo: “Me contaron que andaba con un piano tocando serenatas por las calles con Raúl Di Blasio, un argentino que vivía en ese tiempo acá y que tenía un grupito con quien hacía ese tipo de locuras” (Horacio Saavedra, director de orquesta).

Corbalán y sus agentes, estaban a cargo de la seguridad del Festival de Viña del Mar, y desde allí profundiza su relación con la farándula de la época, con los escogidos por la dictadura, pues imperaba una severa censura, para ser los rostros que día a día aparecerían en las pantallas del televisor. Pero nadie sabía nada. En ese sentido, resulta relevante el testimonio del cantante Jorge Eduardo: “Qué no se venga a victimizar gente como el ‘Pollo’ Fuentes. ¿Cómo puede decir que él sufrió con el gobierno militar si ellos tienen fotos con Pinochet en la casa? Todos los artistas ganaron la plata que quisieron en ese periodo, porque existían muchos festivales y eventos, ya que el gobierno entregaba mucho dinero para este tipo de cosas”. Entre los personajes que se citan en el libro se cuentan, entre otros, a Peter Rock, Patricia Maldonado, Andrea Tessa, Buddy Richard, Palta Meléndez, Hermógenes con H, Raquel Argandoña, Cristóbal, Antonio Vodanovic, Oro Colodro y Luis Dimas, del cual se dice: “Dimas afirma que en la década de los ‘80, al igual que él, fueron varios artistas los que cobardemente aceptaron al militar entre sus amistades, y que hubo varios que para tener una mejor relación con al CNI accedían a ser soplones”. Sería interesante conocer los nombres de los artistas soplones y las consecuencias que sus delaciones trajeron contra quienes delataban. Caso aparte es la situación del cantante Tito Fernández, El Temucano, reconocido por ser un hombre de izquierda, pero que tras el golpe de Estado pudo continuar trabajando en Chile, incluso en televisión, mientras sus compañeros eran asesinados, encarcelados o exiliados. Las razones de su inmunidad apuntan claramente a su reconocida amistad con Álvaro Corbalán, cuyos oscuros entretelones aún no salen a la luz.

Si bien trabajos como este tienen el valor de desnudar temas que por años han sido objeto de silencio, muchos pasajes del libro se perciben más bien como una panorámica anecdótica sobre el mundo del Festival de Viña, los programas de televisión y sus protagonistas durante la dictadura, que una profundización en la relación política de Corbalán con los artistas, que es lo que uno esperaba que se desarrollara en profundidad. Por ejemplo, se cita el caso de la canción peruana descalificada del Festival de Viña en 1988, porque repetía 36 veces la palabra No, acusándola de plagio de una canción que la misma CNI había creado, pero no se indaga más allá, en saber quiénes fueron los músicos y artistas que crearon contra el tiempo la supuesta canción plagiada. Tampoco se le saca mayor partido al testimonio del ex agente de la CNI Luis Sanhueza ni se profundiza en una supuesta red de prostitución, en el consumo de drogas y otras situaciones que eran parte del ambiente televisivo en que transitaba Corbalán y sus agentes. Por otro lado, llama la atención que cuando el animador Antonio Vodanovic dice, con una frivolidad notable, sobre el acto de Chacarillas en 1977: “Esa vez estaba Marcelo (de Cachureos) y también Caszely (el futbolista). Nadie fue engañado, todos sabíamos a lo que íbamos. Había gente de izquierda y de derecha”, no se aclare que Caszely jamás estuvo en el acto de Chacarillas. La versión de Vodanovic tiene claras intenciones de promover la política del empate sobre la base de mentiras. En mi opinión, son varios los episodios que, de haberlos desarrollado in extenso, habrían favorecido más este trabajo. Lo que sin lugar a dudas queda absolutamente claro, es que al mundo artístico vigente durante la dictadura no le importó ni incomodó vincularse con violadores de los derechos humanos, y hoy tampoco les importa, para ellos no es un tema relevante, es sólo una anécdota.

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