Que otros brinquen por el camino de la gloria y el provecho, de paga me contento con un poco de rocío y de lluvia. Ho Xua Houng, poeta vietnamita

sábado, noviembre 29, 2014

La música de la soledad



Ramón Díaz Eterovic nos presenta su décimo quinto libro de la saga del detective privado Heredia, La música de la soledad (LOM Ediciones, 344 pág.). Esta vez, Heredia va tras los pasos del asesino de Alfredo Razetti, un abogado que en representación de un grupo de activistas de un pueblo llamado Cuenca, al norte de Santiago, pretendía interponer un recurso de protección contra la minera Memphis, causante de graves daños al medio ambiente con la construcción y funcionamiento de una represa a un costado del pueblo. Tranque que contenía residuos tóxicos que contaminaban un río cercano y los sembradíos de la región, además de los efectos nocivos que provocaban en la salud de los pobladores.

Como ha sido su impronta en esta saga, Ramón Díaz Eterovic nos entrega una novela que retrata la sociedad contemporánea desnudándola en todas sus miserias, provocadas por quienes con el objetivo de lucrar a como dé lugar con lo que esté a su alcance y que pueda reportarles algún rédito, no escatiman esfuerzos en violar la ley para lograr sus propósitos.     En este caso, se trata de un problema mayor en nuestro país –y en el mundo- que es la destrucción del medio ambiente, incluso con la complicidad del gobierno y el parlamento. Un pasaje de la novela, que muestra al dueño de la minera Memphis, Tadeo Hanser, apareciendo en televisión, indica muy bien la relación entre el poder y los negocios. Heredia, mientras bebe una copa en un bar, observa la pantalla de un televisor: “que mostraba al empresario [Tadeo Hanser] saludando al ministro de Hacienda, al inicio de una reunión del presidente de la República con los más importantes empresarios del país. Segundos después, la cámara volvía sobre Hanser, esta vez hablando del aumento de las ventas experimentado por su minera en el último año y haciendo proyecciones acerca de un futuro prometedor, en la medida que no cambiaran las leyes que regulan la actividad minera y el pago de impuestos. El reportaje de cuatro o cinco minutos se complementó con entrevistas a otros empresarios que abalaron el modelo económico chileno, el que, según ellos, llevaría a Chile al desarrollo en no más de diez años”. Todos sabemos que ese mentado desarrollo ha ido a parar al bolsillo de empresariado nacional y transnacional.

Las novelas de Ramón Díaz Eterovic no sólo resultan entretenidas y notables desde el punto de vista literario, sino que, de muchas maneras, son un documento histórico sobre las últimas décadas en nuestro país, sobre todo en lo que se refiere a los sucesos ocurridos durante la llamada “transición chilena”, que hasta el día de hoy se discute si llegó o no a su fin. Fernando Moreno, de la Universidad de Poitiers, Francia, dice que “En las encuestas de Heredia quedan registradas no sólo la nostalgia y la rememoración de un tiempo que no se quiere dar por perdido, el resquebrajamientos de sueños, las transformaciones de los espacios, sino también la representación y la interpretación de oscuros sucesos de la historia chilena reciente”. Ramón Díaz Eterovic ha convertido a Heredia en un personaje entrañable, reflejando en él a toda una generación que, tras la dictadura, vio frustradas sus esperanzas en la cocina de los gobiernos de la Concertación, que optó por el menú para empresarios y militares antes que compartir la mesa con el pueblo en plenitud. En La música de la soledad, junto con el desencanto político, aumenta el sentimiento de nostalgia, ya notorio en novelas anteriores, a medida que el tiempo ahoga y transforma la ciudad, llevándose lo que en el pasado floreció como un asombro que parecía ser inmortal. La trama de esta última novela no sólo se lleva en el carruaje de la muerte parte de los antiguos bares y barrios, a un par de sicarios y “el dolor de ya no ser”, como cantaba el inolvidable Carlos Gardel, sino que arrastra en su carrera un amor que pudo transformarse en la fiesta permanente que el solitario Heredia, inconscientemente, esperó toda la vida que tocara su puerta.

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