Que otros brinquen por el camino de la gloria y el provecho, de paga me contento con un poco de rocío y de lluvia. Ho Xua Houng, poeta vietnamita

jueves, septiembre 15, 2011

Cambiar el mundo sin tomar el poder

(LOM Ediciones). El significado de una revolución hoy, de John Holloway. Este destacado cientista político irlandés pone a disposición del lector un libro polémico, donde lo de fondo es un llamado a la reflexión sobre el tema de si la toma del poder del Estado capitalista, por una fuerza política revolucionaria, convierte a este Estado, por ese solo hecho, en un Estado que efectivamente transformará las relaciones de clase que se dan dentro de él. Para Holloway “el Estado sólo es un nodo en una red de relaciones de poder”. El autor afirma que las grandes revoluciones del siglo XX fracasaron en su modo de manifestarse, lo que no significa, en todo caso, que no sea necesaria una revolución que supere las injusticias y abusos del capitalismo. Pero esa revolución debe ser de otro tipo y no tendría como meta la toma del poder del Estado. Es éste el punto del debate de fondo.

En una de las partes del libro Holloway explica: “La única manera en que puede mantenerse la idea de revolución es apostando más alto. El problema del concepto tradicional de revolución no es quizá que apuntó alto, sino que lo hizo demasiado bajo. La idea de tomar posiciones de poder, ya sea la del poder gubernamental u otras más dispersas en la sociedad, no comprende que el objetivo de la revolución es disolver las relaciones de poder, crear una sociedad basada en el reconocimiento mutuo de la dignidad de las personas. Lo que ha fallado es la idea de que la revolución significa tomar el poder para abolir el poder. Lo que ahora debemos tratar es la idea mucho más exigente de una superación directa de las relaciones de poder. La única manera en la que hoy puede imaginarse la revolución es como la disolución del poder, no como su conquista. La caída de la Unión Soviética no sólo significó la desilusión de millones de personas: también implicó la liberación del pensamiento revolucionario, la liberación de la identificación entre revolución y poder”. Además agrega que “La mejor forma de respetar las luchas del pasado es reconocer que fracasaron y que tenemos que explorar otros caminos para cambiar el mundo de forma radical”. Del libro se pueden desprender varios enfoques y conclusiones, y también contradicciones, y según algunos críticos, distracciones innecesarias, pues esto podría caer en una discusión bizantina eterna. En todo caso el libro es un buen aporte al debate sobre qué camino debe – o debería o no debería- seguir la revolución anticapitalista hoy.

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