Desde que surgieron las protestas
estudiantiles, en el año 2011, llamando a poner fin al lucro en la educación y poniendo
sobre la mesa la exigencia de gratuidad y calidad de ésta, también surgieron
voces exigiendo mayor democracia, y por lo tanto mayor participación ciudadana
en las decisiones políticas y económicas que afecten el quehacer del país, las
que obviamente repercuten en la vida de todos. La gente ha comenzado a asumir
que mientras las decisiones en estos asuntos sean tomadas por grupos de poder,
minoritarios, relacionados entre sí, el abuso y el lucro, en todas sus
categorías, seguirá mortificando a la inmensa mayoría de los chilenos. El lucro
no sólo existe en la educación, en la acumulación de dinero, también son formas
de lucro el lobby, el tráfico de
influencias, los privilegios de las fuerzas armadas y la corte suprema, la
usura de los servicios de agua y electricidad, la salud y la previsión
privatizadas, el Transantiago, etcétera. Con el abuso, el lucro y la
explotación, en su forma moderna –crédito, usura y deuda-, se acaba
conquistando primero que nada una democracia realmente participativa, donde se
extirpe todo rastro de oligarquía y se dé paso a una institucionalidad que
concrete, a cabalidad, aquella sentencia que dicta que “la democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo y con el
pueblo”.
La democracia chilena es una
democracia perversa, condicionada a los intereses de los partidos políticos, cuyos
dirigentes están vinculados al empresariado neoliberal de distintas maneras. Esta
“democracia” está sostenida por una Constitución ilegítima en su génesis,
impuesta a sangre y fuego por una tiranía militar, en 1980, y luego legitimada,
a través de la desinformación y el engaño, por los gobiernos de la
Concertación, que llevó al pueblo a creer que las reformas, mínimas y
gatopardistas, a dicha Carta, realizadas en 2005, le daban validez democrática.
Por otro lado, está el sistema de
elecciones para elegir parlamentarios, llamado Binominal, que permite que sean
electos congresistas que obtienen menos votos que sus rivales, distorsionando
la realidad y fortaleciendo el poder de los partidos políticos que se encuentran
apoltronados en dos grandes alianzas, cuyo objetivo central es auto reproducirse
y mantener sus granjerías, prevaricaciones y el poder profitar “legalmente” del
erario público. Además, el pueblo sólo puedo votar por quienes decidan los
partidos políticos que pueden ser candidatos, no hay más opciones, pues los
independientes de verdad, sin apoyo de un partido, tienen nulas posibilidades
de triunfo. Eso no es democracia, es una añagaza de democracia. Una verdadera
democracia debería generarse desde las juntas de vecinos, desde las
organizaciones sociales, convocando a una asamblea constituyente donde
participen en igualdad de condiciones trabajadores y estudiantes, sindicatos y
colegios profesionales. La dictadura de los partidos políticos debe ser
erradicada definitivamente, no podemos continuar con una democracia falsificada,
inspirada en lo que llaman República Portaliana. Es ése el peor lastre
histórico gestionado por la oligarquía gobernante, haber impuesto en el
imaginario popular que la “república democrática” se la debemos a Diego
Portales y seguir sus ejemplos, que, en honor a la verdad, debemos decir que sólo
fue un mercachifle.






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