Que otros brinquen por el camino de la gloria y el provecho, de paga me contento con un poco de rocío y de lluvia. Ho Xua Houng, poeta vietnamita

jueves, mayo 21, 2020

El siniestro Dr. Mañalich y su mortal piñerismo


Cuando el ministro de salud Jaime Mañalich entrega, cada jornada, su resumen sobre el Covid-19 debería ser precedido por una voz de ultratumba que dijera: “Y ahora queda con ustedes el siniestro Dr. Mañalich”, y de fondo aquella melodía y risotada tenebrosa que acompañaba los capítulos de radioteatro de El Siniestro Dr. Mortis. Esto, porque Mañalich y Mortis poseen los mismos aguijones para sucumbir a sus víctimas. Sobre todo la maldad y soberbia de sentirse impunes.

El siniestro Dr. Mañalich, antes de ser nombrado ministro ya tenía un prontuario de embustes y oscuridades que se ha ido acrecentando con la llamada “Crisis del Coronavirus”. Lo podemos ver diariamente en los medios de comunicación, sobre todo en la televisión, donde aparece fingiendo un semblante doloroso y una voz gastada por la dramática situación que conlleva la pandemia, simulacro mediático, obviamente, con la clara pretensión de ser un piadoso camino al corazón de los chilenos; es decir, la farsa del “somos todos amiguis ante la tragedia”. Mañalich, en otro aspecto de su narcisismo, se dirige al país sintiéndose como un gran y único general, el elegido favorito del piñerismo, para derrotar al mortal enemigo que invadió nuestro territorio. Para ello se hace eco del mundo del presidente Piñera, mundo donde solo se escucha la voz del presidente, solo habla el presidente, solo existe el presidente, ese mortal piñerismo que tiene al país haciendo agua por los cuatro puntos cardinales. Un país donde Mortis se sentiría a gusto con su tenebrosa melodía recolectando cadáveres de hambre, cadáveres de represión, cadáveres de cesantía, cadáveres de asesinatos y manipulaciones.

Mañalich ha dicho muchas mentiras al país, distorsionando cifras, mofándose y enarbolando frases merecedoras de los Nueve Círculos que nos relatara Dante: “Tenemos 500 ventiladores de China”, “Mejor sistema de salud del planeta”, “Salir a tomarse un café o cerveza”, “Virus buena persona”, “Cuarentena total es absurda”, “Me llaman para felicitarme”, “Carné Covid-19”, “Si pasan 14 días eres inmune”, “Tenemos todo controlado desde el inicio”, “Llegamos a una meseta”. “Nueva normalidad” y una serie más de mortal piñerismo. Siendo la mayor mentira decir que tenían todo controlado desde que se tomó conocimiento del Covid-19 (finales de 2019 y principio de 2020). Los detalles de esto ya todo el país los conoce, lo que se desconoce es el desenlace…, aunque, como diría Mortis, con su risotada tenebrosa, lo podemos sospechar… 

martes, abril 21, 2020

Infinitos minutos de gratitud a los caídos del FPMR, MIR, Lautaro


Desde 1990 a la fecha muchos minutos de silencio, como un homenaje, han pedido los parlamentarios para diferentes personajes (algunos nefastos), pero jamás para quienes dieron su vida por derrotar a la tiranía cívico-militar encabezada por Pinochet. Por el contrario, aludiendo al famoso “espíritu republicano”, la Concertación primero, y la Nueva Mayoría después, han olvidado por completo que alguna vez aplaudieron las acciones del MIR, del FPMR y del Movimiento Juvenil Lautaro, pero claro, no faltaba más, había que adecuarse a los “nuevos tiempos”, a los tiempos de la hipocresía y el eufemismo, de la poltrona en el parlamento. De la crítica desde la comodidad de un sueldo millonario. A lo mejor interpretaron al pie de la letra aquella frase de Feuerbach que versa: “Cada hombre piensa según lo que come y no se piensa igual debajo de un palacio que debajo de una choza”, y hoy, y disculpen la vulgaridad, aquellos que en los ‘80 comían completos en la esquina de alguna población, disfrutan de los pasillos faraónicos y de las delicatesen que les ofrecen en la mole que cobija al Parlamento. Entonces, los minutos de silencio solo son para los elegidos del sistema, para los que negaron y seguirán negando al sector más digno de nuestra historia, a los militantes del FPMR, MIR y Lautaro, para ellos, como un homenaje, no un minuto de silencio, si no que infinitos minutos de gratitud…, hoy, mañana y para siempre…

sábado, abril 11, 2020

La impudicia de los "rostros" de TV

El desarrollo de la televisión en Chile coincidió con el golpe de Estado de 1973, algo que le vino al dedo a los golpistas. Instalado el toque de queda y el crimen en el país, a los chilenos no les quedó otra entretención que pasar las horas de encierro mirando televisión. En ese contexto comenzaron a surgir programas de “entretención” y los estelares nocturnos que mostraban un país idílico que avanzaba hacia la prosperidad económica y la paz social. De las violaciones a los derechos humanos, nada. Eran un invento de los marxistas. Para tal fin de desinformación se levantaron figuras como Mario Kreutzberger, César Antonio Santis, Cecilia Bolocco, Raquel Argandoña, Raúl Matas y Antonio Vodanovic, entre otros, que llevaron la batuta de la televisión pinochetista. Lo mismo sucedió con cantantes, locutoras, bailarinas, actores, periodistas, cómicos y especímenes varios. La farsa inicial duró, aproximadamente, hasta entrados los años noventa. De allí en adelante había que cambiar el formato, lo que significó dar un paso significativo, exhibiendo en las pantallas los llamados matinales y programas de farándula, donde se pretende que los sucesos de vida de los faranduleros son los acontecimientos más importantes de la nación.

Chile volvía a la “democracia”, había “cambiado el país”, pero al pueblo se le debía seguir brindando, de alguna manera, pan y circo. Los matinales se llenaron de conductores y conductoras con más maquillaje que cerebro, autodenominándose “famosos” o “rostros”. Toda esta fauna, con ínfulas de estrellas de Hollywood, tenía (y tiene aún) una misión muy clara: manipular la realidad del país e invisibilizar el fondo de los problemas reales, además de incitar a los telespectadores a comprar los productos de las grandes empresas transnacionales que auspician sus programas. Es decir, convocar al pueblo a endeudarse mediante el crédito. A cambio reciben millonarios sueldos y se les permite festejar entre ellos, y ante las cámaras, sus cumpleaños, sus viajes al extranjero, sus años sabáticos, sus risas y llantos, y mostrar sus lujosas casas y privilegios obtenidos a costa de la pobreza económica que sufren quienes se endeudan con las casas comerciales que ellos promueven. Así, la cáfila televisiva pueda darse la vida del oso a costa del dinero que generan los más pobres, los sufridos televidentes. Imagínense lo que va a los bolsillos de las empresas transnacionales que sustentan a dichos impúdicos personajes. Dado lo anterior, no es aventurado afirmar que estos entes son parte no menor del engranaje y causa del llamado eufemísticamente “estallido social”. Y como tales algún día deben ser juzgados junto a todos los abusadores y explotadores del país.

Tras el comienzo de la rebelión del 18 de octubre de 2019, a la cáfila televisiva no le quedó otra opción que dar tribuna a lo que estaba pasando en Chile, mostrando entonces su cinismo, oportunismo y falsedad. “No sabían que a los marginados les molestaba tanto la desigualdad”, expresaron algunos. Estaban asombrados de darse cuenta que en Chile se abusaba de los más pobres. Los pobres y marginados ya no les parecieron tan pintorescos, y a los noteros ya no les quedaba dirigirse a ellos con un lenguaje plagado de “como estai”: “cachai”, “que tomai de desayuno”, etcétera. Se llenaron las pantallas de entrevistados con preguntas obvias, repetitivas y sin fondo. Todo acomodado a una especie de denuncia consensuada para no convocar la reprimenda de sus amos. Había que denunciar, era imposible no hacerlo, pero, claro, con espíritu republicano. Los ricos no perdonan a sus lacayos cuando se quieren pasar de listos, aunque estos lo hagan por conveniencia y para captar audiencia. La casta televisiva no difiere mucho de los parlamentarios en su impudicia y farsantería, aunque hoy pretendan ser adalides de la justicia y digan compartir los cambios sociales que pide el pueblo. Muchos políticos se han sumado a los programas de farándula y a los matinales (cuya diferencia, en todo caso, es la misma que existe entre la Coca-Cola y la Pepsi). Allí hablan de soluciones, las mismas que jamás han llevado a cabo desde sus puestos de poder. Con el COVID-19 ha pasado lo mismo que con la rebelión del 18 de octubre, lágrimas de cocodrilo y, obviamente, pues no podían faltar, la exhibición de lujosas cuarentenas de los impúdicos “rostros” televisivos. El pobre, dicho en lenguaje pintoresco: “que se cague”.

domingo, marzo 29, 2020

Los subterráneos de la pandemia

Cada vez que ocurre una calamidad en el país son muchas las aristas que las autoridades intentan ocultar en los subterráneos de los acontecimientos, como si la omisión o la distorsión fueran algo normal, aceptable. El presidente Piñera y su ministro de salud, Jaime Mañalich, han asegurado que tenían conocimiento del Covid-19 ya en noviembre de 2019 y que habían tomado todas las medidas oportunas a contar de enero de 2020. Dado lo anterior, surge la pregunta: ¿Si sabían, por qué no comenzaron, de inmediato, un control riguroso en aeropuertos, accesos terrestres y puertos de ingreso al país? No se necesitaba ser Aristóteles para darse cuenta de que esa era la solución para evitar el ingreso y expansión del virus en nuestro territorio. La respuesta no es difícil de rescatar de los subterráneos del cerebro de Piñera, Mañalich y demás autoridades de gobierno: Para ellos, sobre la salud de los chilenos está el lucro, el bienestar de la clase cuica y de los dueños del retail. El 80% de quienes ingresan al país a través de aeropuertos, desde “paraísos turísticos”, pertenecen a esta casta social, no los podían importunar con tonteras. Por otro lado, controlar en puertos o pasos terrestres, por donde ingresan mercaderías diversas, habría afectado, calcularon, los negocios nacionales e internacionales de los dueños del venerado retail. Entonces, ¿qué hacer? Optaron por el viejo adagio: “En el camino se arregla la carga”, y si la cosa se complica la culpa es de los chinos y de algunos irresponsables.

Pues bien, ante la impudicia del gobierno, sucedió lo que tenía que suceder, el virus llegó a Chile y comenzó su expansión. Cundió el pánico entre los ciudadanos y de paso la derecha gobernante consiguió imponer su política represiva sin mayor oposición y con la complicidad de la prensa: Toque de queda, cuarentenas, miedo, estados de excepción y militares en las calles. Es decir, el escenario ideal para el neo-pinochetismo que nos gobierna. ¿Será el fin de la rebelión que comenzó el 18 de octubre de 2019? ¿Volverá a postergarse el plebiscito por una nueva Constitución, o finalmente pasará al olvido por causa de una nueva ley surgida entre “gatos y medianoche”? ¿Nunca más se hablará de las violaciones sistemáticas de los DD.HH del gobierno de Piñera y Chile Vamos? Son preguntas que no deben ser pasadas por alto.

Ante la llamada “crisis social”, primero, y luego ante la “pandemia”, causada por el Covid-19, el gobierno ha impuesto, con el favor del Parlamento, una serie de medidas económicas (por todos conocidas) que en vez de favorecer a los más pobres del país y a la llamada clase media (que debería llamarse clase endeudada), finalmente terminarán, en un inmediato, mediano y largo plazo, provocando más cesantía, hacinamientos y pobreza. Incluso hambruna en algunos sectores de las comunas más discriminadas del país –por ejemplo, La Pintana y Alto Hospicio-. En tanto, la clase cuica seguiría disfrutando de sus privilegios obtenidos a costa de la explotación de los trabajadores. Y sobre todo, a costa de las medidas económicas del gobierno. Medidas cocinadas al paladar de los patrones de fundo. No olvidemos que Piñera y Mañalich, y sus prontuarios así lo indican, son parte de una oligarquía que día a día somete al país a las más miserables discriminaciones. El control de la cuarentena es un ejemplo claro. Mientras en las alturas de La Dehesa, Lo Curro, San Carlos de Apoquindo, etcétera, siguen las fiestas, en el llano de las comunas de Santiago e Independencia el control es estricto. Mientras los ricos llaman a sus médicos de cabecera la salud pública, donde se atienden los pobres, muestra su cara más siniestra. Mientras los dueños de las AFPs siguen llenando sus alforjas, los cotizantes siguen muriendo lentamente en el diario acontecer. Mientras quienes no pueden salir a trabajar y se van quedando sin dinero para el sustento básico, los gerentes de las Isapres, los parlamentarios y autoproclamados rostros de TV sonríen al mirar el saldo de sus cuentas corrientes… Así, suman y siguen los subterráneos de la pandemia. 

jueves, febrero 13, 2020

Hablemos de violencia. Pero en serio.

Desde el inicio de la rebelión popular contra el gobierno del presidente Piñera y el neoliberalismo, este y la derecha pinochetista, atrincherada en Chile Vamos, con la complicidad de la prensa institucional, han estigmatizado a los insurgentes como violentistas. Es decir, como reza el refrán popular, “el ladrón detrás del juez”. La violencia que se generó a partir del 18 de octubre de 2019 en Chile, en algunos sectores de los manifestantes, es sencillamente la respuesta a la violencia oficializada ejercida contra el pueblo chileno desde 1830 a la fecha. Es el efecto de una causa clara y concreta: la explotación hasta la saciedad de los trabajadores por parte de quienes se apropiaron del país, oficializando aquella apropiación, tras la batalla de Lircay, de la mano del mercachifle Diego Portales, adalid de la oligarquía. Oligarquía reflejada actualmente en los grandes grupos económicos relacionados con menos de diez familias empresariales y muchos cortesanos bien pagados que les avivan la cueca. La violencia contra el pueblo alcanzó su punto máximo en 1973 con el bombardeo a La Moneda, el asesinato del presidente Allende y las terroríficas violaciones a los derechos humanos instituidas por Pinochet y la junta militar de los golpistas, respaldados por civiles como Jaime Guzmán, Pablo Rodríguez, Sergio Melnick, Mónica Madariaga y una larga lista de siniestros personajes.

Tras la “salida” de Pinochet del gobierno en 1990 y el comienzo de una democracia tutelada, un remedo de democracia, los abusos, como se podía esperar, no terminaron, por el contrario, la violencia económica se acrecentó gracias al contubernio entre el pinochetismo y la Concertación. Los abusos continuaron mientras la prensa, en especial la TV mostraba un país de fantasía en cuyo sótano se ocultaba la miseria de las poblaciones y el endeudamiento de la llamada clase media, un concepto arribista impuesto en el lenguaje popular como signo de progreso personal y bienestar. La mentada clase media sería el muro de contención entre los explotados y los explotadores. La rabia e impotencia se seguía acumulando y los políticos enriqueciéndose. La oligarquía continuaba sembrando vientos más allá del siglo XX, colusiones, sobreprecios, usura, privatizaciones, sobresueldos a los políticos, sueldos miserables al pueblo trabajador, pensiones de hambre, etcétera. ¿Qué más violento que una nación con un presidente multimillonario y miles de ciudadanos en situación de calle, con ancianos vendiendo parches curitas en las esquinas, con gente muriendo mientras espera atención médica en listas de espera? ¿Qué más violento que las pensiones millonarias que reciben los expresidentes y los estratosféricos sueldos de los parlamentarios, que dictan leyes inmensamente favorables a los más ricos del país? Toda esta violencia acumulada es la causa de la violencia desatada tras el 18 de octubre, una violencia que al responder a la violencia ejercida contra el pueblo se transforma en la defensa propia del pueblo. Y el pueblo tiene todo el derecho a defenderse. No olvidemos que a las manifestaciones pacíficas el gobierno de Sebastián Piñera respondió con la violación sistemática de los derechos humanos: asesinatos, torturas, mutilaciones, lanzando a la calle a su jauría, conformada por carabineros, fuerzas armadas y policía civil. El pinochetismo aún mantiene su impronta de violencia permanente en el país. La desesperación de la gente no dio más y los vientos sembrados por los abusadores brotaron como una tormenta legítima en busca de la justicia social y el fin de los abusos, brotó como una necesidad natural de recuperar lo que le fue esquilmado. Dicha tormenta también abrió las puertas a la posibilidad real de extirpar para siempre la Constitución de Pinochet y erradicar de sus poltronas a los partidos políticos. Votar el 26 de abril por una nueva Constitución y seguir movilizándose en las calles para evitar una asamblea constituyente fraudulenta (otra acción violenta que pretenden imponer los partidos políticos de la derecha y exConcertación) es el camino que se debe fortalecer. Votar y movilizarse en las calles no son contradicciones antagónicas. Son complementos de la lucha que se da en estos momentos. “Chile Despertó” es el lema de los insurgentes. Es decir, poco a poco, la conciencia social de los chilenos, mayoritariamente, se ha ido nivelando con la existencia social, dando paso  a la esperanza de liberarse por fin de las cadenas neoliberales. Eso no debe detenerse.

¿Ah, pero los narco y el lumpen?, parlotean persignándose en Chile Vamos. Pues bien, el narco y la delincuencia no son producto del arte de birlibirloque o del comunismo marxista internacional, no, son producto de la violencia que genera la pobreza, la falta de oportunidades, la segregación, la estigmatización de las poblaciones. El narco y el delincuente crece y se fortalece en la violencia generada por la clase alta, por los ricos de Chile, que ofrecen sueños y maravillas de vida a quienes explotan, pero le arrebatan la plusvalía de su trabajo para que no puedan lograr esos sueños y maravillas. Ante esa violencia muchos desvían su camino. La violencia del rico no les deja otra opción. Son, a mi entender, como dice un verso del poeta José Ángel Cuevas: “la historia de unas personas/ en silencio que quemaron/ todas sus fotografías”

viernes, enero 31, 2020

¿Estallido social? No. ¿Revolución? Sí.


De acuerdo a la prensa y partidos políticos, incluso lo dice el gobierno, los sucesos que vienen ocurriendo en Chile desde el 18 de octubre de 2019 son considerados un “estallido social”, eufemismo para definir lo que en la realidad es una revolución, que como toda revolución su meta son cambios estructurales en lo político, económico, jurídico y social. Una revolución sin guerra civil, sin enfrentamiento entre milicias armadas, sin toma del Palacio de Gobierno, pero revolución al fin y al cabo, una revolución de nuevo cuño, donde las redes sociales son el comando central y el pueblo insurgente que se moviliza cada día, por las calles del país, los milicianos que luchan por una democracia y justicia social de verdad, no por migajas, como las que pretende otorgar el gobierno y los empresarios para engatusar el ánimo de los insurrectos. Insurrectos legitimados, en el actual escenario, por la violencia y atropello sistemático a los derechos humanos por parte del gobierno a través de Carabineros, PDI y, en su momento, las FFAA. Insurrectos, además, legitimados históricamente por la violencia y explotación ejercida contra el pueblo, desde 1830 a la fecha, por la oligarquía, los militares y la policía.

La respuesta del gobierno ante la situación de legítima subversión ha sido la violencia (torturas, asesinatos, mutilaciones), la entrega de bonos y la imposición de leyes tramposas, apoyado por la derecha y sectores timoratos condicionados a los grandes empresarios y pertenecientes a la oposición (PS, PPD, DC y algunos miembros minoritarios del FA). A lo anterior se suman la radio y TV (vía matinales principalmente) donde en vez de ir a lo de fondo del conflicto, a las preguntas fundamentales, se privilegia la chimuchina, lo anecdótico, lo “pintoresco”, el lamento cínico de los autollamados “rostros”, cómplices de los políticos y empresariado neoliberal, culpables de las injusticias sociales en el país y causa de los sucesos en curso. La prensa ha intentado bajar el perfil revolucionario a las movilizaciones clasificándolas, directa o indirectamente, de violentistas o terroristas. Es decir, deslegitimando a sus actores como agentes sociales del cambio. Por su parte, los partidos políticos intentan apropiarse del proceso asumiéndose como adalides de una “democracia” que desde 1990 han emporcado. Incluso tuvieron la desfachatez de firmar un “acuerdo por la paz”, como si esta revolución se tratara de un conflicto entre partidos políticos, o un desacuerdo entre el gobierno y los partidos de “oposición”. Otra burda maniobra para intentar que la oligarquía política mantenga sus granjerías. En todo caso, el pueblo ha obtenido un gran logro, impensado antes del 18 de octubre. Ha logrado que se convoque a un plebiscito para generar una nueva Constitución vía asamblea constituyente (“convención constitucional” se usará como término para la papeleta del voto). Ahora, entiendo claramente que hay sectores que no creen en la democracia burguesa (yo tampoco), pero es lo que hay, y dada las condiciones actuales, ese inmenso porcentaje de chilenos que no votó en las últimas elecciones tiene hoy la oportunidad, asistiendo esta vez a votar, de propinar en las urnas una derrota total a la derecha marcando el Sí a la nueva Constitución. Están todas las condiciones para derrotar a la derecha en su propia cancha este 26 de abril. Lo que no significa abandonar la calle, por el contrario, las movilizaciones no deben detenerse hasta conquistar una nueva Constitución. La insurrección no debe cesar hasta que se elijan los constituyentes de manera democrática y dejando fuera a quienes hasta hoy son los culpables de la miseria de los chilenos. Nadie de Chile Vamos tiene ética para ser miembro de la asamblea constituyente. Tampoco la tienen los partidos de la ex Concertación. Chile no puede volver a ser dirigido por la UDI, RN o Evópoli. Hay que erradicar el pinochetismo del país, declararlo fuera de la ley en la nueva Constitución. Por otro lado, no más diablos vendiendo cruces; es decir, no más Franciscos Vidales, Enriques Correas, Andrés Zaldívares, Ricardos Lagos, Eduardos Frei, Ximenas Rincones, Marianas Aylwins, Nicolaces Eyzaguirres, Sergios Bitares, Javieras Blancos, Pepes Authes, Felipes Harboes, Jorges Pizarros, etcétera. No queremos más quintacolumnistas de los empresarios explotadores en la política. No más corrupción.

Tras el triunfo del Sí a la nueva Constitución el 26 de abril, la lucha se concentrará en la elección de los constituyentes, y en esto hay que ser muy claros: Es el pueblo, las organizaciones sociales y los actores independientes los convocados a recuperar el país para todos los chilenos, liberándolo de las garras de los empresarios neoliberales y el pinochetismo para siempre. Es cierto que la elección será bajo la actual ley de partidos políticos, pero eso no los hace invencibles, si todos los insurrectos asisten a votar la derrota de la casta política será total. Es la única manera para que la nueva Constitución declare como derechos constitucionales inalienables la salud, la educación, la vivienda, el agua, la electricidad, el transporte público, los recursos naturales, las pensiones. Esto, acompañado del fin de las AFP y la recuperación de las empresas del Estado privatizadas fraudulentamente por la dictadura cívico-militar y luego por la Concertación.

La derecha sabe que será derrotada y ha comenzado la campaña el terror a través de los medios de prensa y periodistas serviles al sistema. Pero esta vez no les dará resultado, mientras el pueblo siga movilizándose el triunfo estará cada día más cercano. Finalmente, me permito poner en la palestra algunos nombres que considero, por ejemplo, serían un gran aporte como miembros de la asamblea constituyente: Gabriel Salazar (historiador), María Angélica Illanes (historiadora), Luis Mesina (dirigente NO+AFP), Nancy Guzmán (periodista), Felipe Portales (historiador), Alicia Lira (dirigente DDHH), Cosme Caracciolo (dirigente pesquero), Melissa Sepúlveda (ex presidenta FECH), Marco Riquelme (dirigente MPMR), Francisca Millán (abogada), Héctor Llaitul (dirigente mapuche), Sergio Grez (historiador), Roberto Márquez (músico), Nano Acevedo (compositor), Isabel Gómez (poeta).   

Avanti popolo

viernes, octubre 18, 2019

Epopeyas y leyendas de la mitología griega (Tajamar Editores)

Epopeyas y leyendas de la mitología griega, de Alejandro Lavquén, publicado por Tajamar Editores, septiembre de 2019 / Formato: 15 x 23 cm / 408 páginas / ISBN: 978-956-366-115-6 / Valor $ 17.900.
                                                                                                                       
Esta nueva edición, revisada y aumentada, incluye mapas, cuadros genealógicos y un anexo alfabético que se complementa con las cuatro secciones del libro: Dioses, Seres fabulosos, Leyendas, Epopeyas. También se incluye una extensa bibliografía y reseñas de los principales autores griegos y latinos que escribieron sobre el tema, así como un completo y detallado catálogo de los argonautas. 

domingo, septiembre 01, 2019

Presentación de Los pétalos de la Rosa Blanca de la periodista Sue Carrié de la Puente


Con gran asistencia de público, el día 29 de agosto, se realizó en la Biblioteca Municipal de Huechuraba la presentación del libro Los pétalos de la Rosa Blanca, dos científicos chilenos durante la dictadura de Pinochet (Ediciones Estrofas del Sur), de la periodista Sue Carrié de la Puente. El libro fue presentado por el escritor Ramón Díaz Eterovic junto a Alejandro Lavquén.


Anteriormente, el día 14 de marzo del presente año, el libro había sido presentado en el auditorio del Museo de la Memoria por la periodista Nancy Guzmán y Víctor Hugo de la Fuente, director de Le Monde Diplomatique Chile.  

martes, abril 16, 2019

Presentación del Taller Libros con Causa



¿Juntémonos? En el marco de la celebración del Día del Libro, este próximo martes 23 de abril, queremos invitarte a esta actividad que realizaremos en el Auditorio de la Biblioteca Municipal de Providencia a las 19 horas. Inscripción gratuita. Si estás interesado escríbenos al correo: contacto@estrofasdelsur.cl